Por Francisco Ormazábal

El que diga que no le han hecho nunca esa pregunta, miente. Aunque respuestas como “no, yo prefiero a George” y “me gusta Ringo, ¿tienes algún problema con eso?” también son válidas (la segunda sólo se acepta si eres un fisicoculturista de 2 metros), escoger entre los dos primeros parece ser más que un simple asunto de gustos. Es también un asunto de forma de entender el mundo.

Sí, porque con esa respuesta se reflejan las dos formas opuestas de definir lo que es un músico, y por consiguiente, un artista. La mayor parte dirá “John” porque cree que un músico tiene que ser un tipo torturado, depresivo, insatisfecho, caprichoso e incomprendido, con traumas infantiles, adicciones e experimentaciones de por medio. Y claro, con una muerte prematura y trágica. Un Kurt Cobain, un Freddie Mercury, un Jim Morrison, una Amy Winehouse, una Violeta Parra. Un Lennon.

Pero también existen los Paul. Hombres tranquilos, felizmente casados (mientras pueden), sin sobredosis, adicciones ni escándalos sexuales conocidos (salvo una que otra hierba inofensiva) y que aún viven. Que en vez de hacer un disco de ruidos o de gritos graban un par de óperas. Que en vez de cantar contra Nixon le cantan a Obama. Que a base de pura constancia amasan fortunas.

Es la tradición de los Lord Byron y Sade la que nos enseñó a responder “John” porque una imperfección con corazón es mejor que una pulcritud fría, y si no eres bohemio y loco, más que artista eres sólo un tipo con técnica y talento. Pero tal como pasa con Pink Floyd, donde por un lado tenemos al Roger Waters polémico, genial y egocéntrico y por el otro tenemos al Gilmour sereno, virtuoso y callado, debe existir espacio para lo dos. Son simplemente dos tipos diferentes de artistas: el loco y el cuerdo.

Lo que sí es cierto es que quienes suelen pasar a la posteridad y terminar con altares en su nombre son los John. Por eso nos acordamos de Mozart y no de Salieri, y de Van Gogh y no de Gaugin. No es sólo porque su talento era superior, sino también porque lograron conformar un mito en torno a sus vidas y muertes que los transformó en estrellas y en símbolos de lo que se sale de lo convencional.

Para eso es este espacio: para hablar de esos músicos que hicieron de la irracionalidad un arte. De los Brian Wilson, los Syd Barrett y los Nick Drake que, diagnosticados o no, parece que venían con el talento en el mismo pack de la locura.

 

Por Clínico.cl

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